Día de Todos los Santos: volver a nuestras raíces

¿Y si este año, además de disfrazarnos, enseñamos a nuestros hijos a descubrir a los santos?

Fechas que dicen mucho de quiénes somos

Hay fechas que pasan sin más. Y hay otras que, casi sin darnos cuenta, dicen mucho de quiénes somos. La festividad de Todos los Santos es una de ellas.

En los últimos años, el 31 de octubre se ha llenado de disfraces, calabazas y escaparates naranjas y negros. Para muchos niños, es una excusa más para disfrazarse, salir con sus amigos y disfrutar de una tarde diferente. Pero Halloween también nos invita a preguntarnos cómo han cambiado nuestras costumbres y qué lugar queremos dar a las tradiciones que forman parte de nuestra historia. 

Tal vez merece la pena hacerse una pregunta sencilla: ¿sabemos realmente qué estamos celebrando? 

La palabra Halloween procede de la expresión inglesa All Hallows’ Eve, que significa “víspera de Todos los Santos”. A lo largo de los siglos, esta fecha ha ido reuniendo tradiciones y costumbres diferentes, hasta convertirse en la celebración que conocemos hoy. Pero, detrás de su nombre, hay una referencia a una solemnidad cristiana que merece la pena conocer y no dejar caer en el olvido.

El 1 de noviembre sigue siendo para los cristianos una fecha importante, que nos invita a recordar a quienes vivieron su fe de una manera especial y nos dejaron un ejemplo que merece la pena conocer.

El origen del Día de Todos los Santos: un día con raíces profundas

España es un país con raíces, con historia. Con una tradición profundamente marcada por la fe, por la familia y por una manera de entender la vida –y también la muerte– a la luz de la fe cristiana. 

Y en España, el Día de Todos los Santos ha estado ligado durante generaciones a las visitas al cementerio, las flores, la oración y el recuerdo de nuestros seres queridos. Es un día para mirar a quienes ya no están entre nosotros, recordar sus vidas y tenerlos presentes… desde la certeza cristiana de que la muerte no tiene la última palabra. Como dice una canción a la que tengo mucho cariño, “la muerte no es el final”.

La historia de esta celebración se remonta a los primeros siglos del cristianismo, cuando las comunidades cristianas comenzaron a recordar a los mártires que habían dado su vida por Cristo. Con el tiempo, esta conmemoración se extendió a todos los santos, también a aquellos cuyos nombres no conocemos.

Y eso es precisamente lo bonito de esta fiesta: recordar que la santidad no está reservada a unos pocos, sino que es un camino que todos estamos llamados a recorrer.

Las tradiciones que transmitimos a nuestros hijos

Las tradiciones no se mantienen vivas por sí solas. Necesitan personas que las conozcan, las comprendan y quieran transmitirlas. Y ahí tenemos una responsabilidad importante como padres y educadores.

Si nuestros hijos conocen cada vez mejor las celebraciones que llegan de otros lugares, pero apenas saben quién fue San Francisco de Asís o por qué celebramos Todos los Santos, quizá deberíamos preguntarnos cuánto espacio damos a nuestras propias tradiciones.

No se trata de cerrarles las puertas a otras culturas ni de convertir cada celebración en una discusión sobre lo que está bien o mal. Se trata de que también conozcan la suya, comprendan su significado y puedan descubrir todo lo que puede aportarles. Porque no se puede querer de verdad aquello que nunca se ha tenido la oportunidad de conocer. 

Y es que es muy difícil conseguir transmitir algo que nosotros mismos dejamos de vivir. A veces basta con contar una historia, explicar por qué celebramos una fecha o compartir en familia una costumbre que ha pasado de generación en generación.

Bautismo de San Francisco de Asís, Antonio del Castillo y Saavedra, 1663-1665. Museo de Bellas Artes de Córdoba. Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

¿Qué es Holywins? Celebremos la santidad con alegría

En este contexto surge Holywins, una iniciativa cuyo nombre significa “la santidad vence” y que propone recuperar el sentido cristiano de la víspera de Todos los Santos.

Nació en París en 2002, impulsada por jóvenes católicos que buscaban transmitir un mensaje de esperanza. Desde entonces, se ha extendido a otros lugares, también a España, donde parroquias, colegios y familias han encontrado una forma diferente de celebrar esta fecha.

¿En qué consiste? En algo tan sencillo como invitar a los niños a disfrazarse de santos, conocer sus historias y descubrir lo que pueden enseñarnos.

La propuesta no consiste en quitarles la diversión, sino en ofrecerles otra manera de vivirla. Los disfraces, los juegos y las actividades pueden seguir estando presentes, pero acompañados de historias de personas que hicieron del amor a Dios y a los demás el centro de sus vidas.

Porque la fe también se puede celebrar con alegría. Y detrás de cada santo hay una historia real, con dificultades, decisiones y momentos que pueden ayudarnos a comprender mejor cómo vivir la nuestra.

Imagen creada con IA

Los santos: vidas reales, cercanas y posibles

A veces imaginamos a los santos como personas lejanas, casi perfectas, difíciles de relacionar con nuestra vida. Sin embargo, fueron personas reales, con sus luchas, sus dudas y sus dificultades, que encontraron distintas maneras de vivir su fe.

San Francisco de Asís encontró la alegría en la sencillez; San Juan Pablo II vivió su fe con fortaleza y valentía; San Carlo Acutis acercó el Evangelio al mundo digital; y Santa Juana de Arco se mantuvo fiel a sus convicciones incluso en las circunstancias más difíciles.

Sus historias son muy diferentes, pero todas nos recuerdan que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias a todas horas. Empieza en el día a día: en cómo tratamos a los demás, en nuestra generosidad, en la capacidad de perdonar o en estar al lado de quien nos necesita. En hacer de lo ordinario algo extraordinario.

¿Qué mejor manera de acercar estos ejemplos a nuestros hijos que elegir un santo, conocer su historia en familia y hablar de lo que podemos aprender de él? A veces, una conversación así deja mucho más poso del que imaginamos.

The Forerunners of Christ with Saints and Martyrs, Fra Angelico, 1424-1425. Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

No se trata de cambiar un disfraz, sino de cambiar la mirada

A nuestros hijos también les enseñamos a través de lo que celebramos y de las historias que compartimos con ellos. Por eso, el 31 de octubre y el 1 de noviembre pueden ser una oportunidad para acercarles nuestras tradiciones y explicarles por qué son importantes para nosotros.

No se trata de convertir una fiesta en una batalla ni de enfrentar una celebración con otra. Se trata de no olvidar nuestras raíces y de dar a nuestros hijos la oportunidad de conocerlas. Que sepan quiénes fueron los santos, qué celebramos en Todos los Santos y por qué la fe sigue teniendo un lugar en nuestras vidas. Porque, cuando uno conoce sus raíces, puede elegir con más libertad y criterio. 

Al final, recuperar el sentido de esta celebración es también recordar aquello que queremos transmitir a nuestros hijos: que estamos llamados a vivir con esperanza, a querer a los demás y a encontrar la luz incluso en los momentos difíciles. 

Porque la santidad no es cosa de unos pocos elegidos, sino un camino abierto a todos. Y el Día de Todos los Santos puede seguir siendo una oportunidad para transmitir a nuestros hijos una fe que se vive, se comparte y se celebra: una fiesta de esperanza, de alegría y de luz.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Última hora!

Ya está disponible nuestra app con los nuevos stickers coleccionables y el creador de lecciones personalizadas.

¡Aprovecha la oferta del 50%!

Este verano es el mejor momento para empezar

¡Aprovecha un 50% de descuento en la app My Happy Learning!

Más de 2.000 recursos para aprender jugando durante todo el año.

Oferta Vuelta al Cole 79€ 40€/año
Cancela cuando quieras