La música y la educación

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La música que nos educó…

Nací en la década de los 60 y, como muchos niños de mi generación, y de otras, crecí rodeado de canciones. Canciones que se nos quedaron dentro, canciones que formaron parte de nuestra infancia y de toda nuestra vida, casi sin darnos cuenta. Las canciones de Gaby, Fofó, Miliki y Fofito, de Heidi, de Marco, de Sonrisas y Lágrimas, de Parchís, de Enrique y Ana… Canciones sencillas, pegadizas, llenas de ritmo y de palabras que aprendíamos incluso antes de saber leer. Canciones que cantábamos en aquellos viajes familiares…

Aquellas canciones nos acompañaban mientras jugábamos, mientras aprendíamos normas básicas de convivencia, mientras descubríamos el mundo. Nos hacían reír, nos emocionaban y, sin saberlo, nos enseñaban. Aprendíamos las letras de memoria, bailábamos coordinando movimientos y las compartíamos con otros niños. La música estaba ahí, integrada de forma natural en nuestra vida.

Hoy, cuando miro atrás, me doy cuenta de lo importantes que fueron esas canciones en nuestra educación emocional y cultural. No eran solo entretenimiento, eran aprendizaje, eran educación.

Y entonces, si la música tuvo ese papel tan importante en nuestra infancia, ¿por qué a veces dudamos tanto de su valor educativo en la infancia de nuestros hijos?

La música en la escuela: presente, pero a veces olvidada

La música forma parte del currículo en educación infantil y primaria. Está ahí, pero muchas veces ocupa un lugar secundario, casi decorativo. Se trabaja de forma aislada, desconectada del resto de contenidos y, en la mayoría de las ocasiones, sin aprovechar todo su potencial educativo. Y es una pena.

Porque la música no es solo sonido. Es ritmo, lenguaje, emoción, memoria, movimiento y relación con los demás. Cuando un niño canta, no solo canta; cuando un niño baila, no solo baila,  está desarrollando habilidades cognitivas, emocionales y sociales al mismo tiempo.

La música activa el cuerpo y la mente, y esa combinación es especialmente poderosa en las primeras etapas educativas.

Música y emoción: aprender desde lo que se siente

Hay algo que la neuroeducación y la experiencia confirman una y otra vez: lo que se aprende con emoción se recuerda. Y la música es pura emoción.

Una canción puede tranquilizar, motivar, acompañar o ayudar a expresar lo que un niño todavía no sabe poner en palabras. Desde muy pequeños, los niños asocian temas musicales a momentos, a personas, a vivencias. La música crea recuerdos y esos recuerdos se convierten en puntos de apoyo para el aprendizaje.

Por eso, la música no debería limitarse a una asignatura concreta. Puede ser una herramienta transversal para aprender idiomas, ciencias, valores e incluso matemáticas. Puede ayudar a memorizar, a comprender y a relacionar contenidos con la experiencia personal, con la vida misma.

 

La música que escuchan hoy los niños: entre el rechazo y la oportunidad

Actualmente existe una preocupación muy común entre padres y docentes.
La música que escuchan hoy los niños no es la que escuchábamos nosotros. Y eso genera rechazo, incomodidad e incluso miedo.

Estilos como el reguetón suelen ser duramente criticados por sus letras, sus mensajes o su estética. Es cierto que hay canciones que son auténtica pornografía musical. Y, claramente, no son canciones para niños y, desde mi humilde opinión, tampoco para adolescentes, pero… ¿debemos ignorar estos estilos, prohibirlos o utilizarlos como herramientas educativas?

Quizá la respuesta no sea ni la prohibición ni la aceptación sin límites.
La música que escuchan los niños forma parte de su contexto cultural, de su escenario de vida. Negarla por completo es negar una parte de su realidad, pero aceptar cualquier contenido sin reflexión tampoco es educar.

Educar musicalmente implica acompañar: escuchar juntos, hablar de las letras, analizar mensajes, comparar estilos, proponer alternativas, adaptar ritmos actuales para trabajar contenidos curriculares o valores. Transformar un estilo que les gusta en una canción con contenidos positivos es una oportunidad educativa.

Educar en música es ampliar miradas

Educar musicalmente no significa imponer nuestros gustos ni despreciar los suyos. Significa abrir puertas. Ofrecer variedad. Escuchar música de distintas épocas, culturas y estilos. Hablar de lo que sentimos al escuchar, aprender a opinar con respeto.

Un niño que crece escuchando música variada desarrolla una sensibilidad más rica y una mayor capacidad crítica. Aprende que no todo le tiene que gustar, pero que todo puede enseñarle algo.

Y aprende algo aún más importante: que la música no es solo consumo, sino también creación. Cantar, tocar, inventar letras, cambiar mensajes, jugar con ritmos… La música es juego, y el juego es una de las formas más poderosas de aprendizaje.

La música como parte de una educación integral

La música no sustituye a otras áreas del conocimiento, las acompaña, las conecta, las humaniza.
Una educación completa no separa el aprendizaje de la emoción ni el conocimiento del cuerpo, pero sí integra y da sentido.

Cuando la música entra en el aula y en casa de forma consciente, deja de ser un simple fondo sonoro y se convierte en una aliada educativa. Ayuda a crear ambientes más creativos, más tranquilos, más reflexivos  y más humanos.

Como padres y docentes, tenemos la responsabilidad de acompañar también la educación musical de los niños. No desde el miedo ni la nostalgia, sino desde la presencia, el diálogo y el ejemplo. Escuchando con ellos. Compartiendo. Preguntando. ¿Qué música escuchas? ¿Me la enseñas?

Porque la música forma parte de su vida, y educar es, en el fondo, ayudarles a vivir mejor esa vida.

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